El debate. Intervenciones de Víctor Fowler Calzada, Graziella Pogolotti, Alpidio Alonso y Reynaldo González

Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) | La Jiribilla. | 5 abril del 2008

Tal y como ocurrió diez años antes, el debate de mayor intensidad fue a partir del informe de la Comisión Cultura y Sociedad. Hegemonismo, autenticidad, manipulación, banalidad, creación legítima y penetración y colonialismo cultural fueron ejes focales en análisis tan diversos como comprometidos con la labor ingente de recuperar el carácter fundacional y selectivo de la UNEAC.

La verdad no puede ser alcanzada sin voluntad política y sin deseo

Víctor Fowler Calzada Poeta y ensayista. Nació en La Habana, en 1960. Ha sido galardonado con el Premio «Julián del Casal» de Poesía, el Premio de la Crítica, el Premio «Razón de Ser» de investigación literaria y el Premio «Enrique José Varona» de Ensayo.

Me crié con una frase que explica la nueva vida del siguiente modo: "un socialismo con pachanga". Dicen que la pronunció Roa, pero importa menos el nombre de que el deseo de especificidad, de colocar una marca propiamente cubana (de carácter) dentro de la opción ideológica.

Hace unas semanas, entre un grupo de escritores, expresé que — a mi juicio— cualquier posibilidad futura para el socialismo pasa antes por la obligación de tener "swing". Apelo a un término tomado de la música y agrego que solo recibí veladas sonrisas cómplices a cambio de lo que me parece el desafío cultural más serio que enfrenta el socialismo como sistema y modo de vida.

Al Estado, al Partido, a la UNEAC misma en sus diversos niveles (entre otros estamentos de la administración y planificación de nuestras vidas) corresponde igualmente generar, organizar y alimentar esos valores impalpables que son la alegría, la sabrosura, el "swing". Si esto es cierto, entonces toca profundizar y debatir no solo lo que el socialismo significa, sino —lo principal— en cómo tornarlo un destino atractivo culturalmente deseable, una opción de vida grata en un amplísimo abanico que abarca estilos de vida, identidades sexuales, entretenimiento, prácticas populares, modos de religiosidad, habilitación de espacios, nuevas vías de comunicación interpersonal y presencia pública del Yo, entre otros.

Sin embargo, no se trata de fabricar imágenes de multitudes permanentemente alegres, sino de conocer la verdad, cosa esta última que no puede ser alcanzada sin voluntad política y sin deseo. Hablamos de marginalidad, pero apenas es posible saber nada de ello por nuestros medios de comunicación. Ni de racismo, ni de pobreza, ni de homofobia, corrupción, violencia callejera, espacios de burocratización, ausencia de debate y muchos otros aspectos de lo que realmente importa de la vida.

Un proceso social que ya cumple medio siglo (en este caso una revolución socialista) tiene, además de enemigos externos, las contradicciones que el proceso mismo al avanzar genera y ese formidable devorador de toda fuerza que es el desgaste. Pertenecemos a una parte de la historia del mundo donde los más diversos espacios de trasmisión de ideas (medios masivos, escuelas, literatura y arte a nivel internacional) nos piden que identifiquemos con el fracaso. No importa si de modo frontal o desde tangentes, pero en sustancia. Somos unos sobrevivientes.

En esta circunstancia tener "swing", ser atractivo, es casi un imperativo categórico. Y, junto con ellos, la búsqueda, encuentro, re-conocimiento y discusión pública de la verdad como garantía mínima de que todavía son posibles el humanismo, la transparencia y la esperanza.

Las crisis hizo emerger lo malo de la cultura de resistencia

Graziella Pogolotti Nació en París en 1932 y residente en Cuba desde 1939. Ensayista, crítica de arte y literatura. Doctora en Filosofía y Letras. Estudios postgraduados de Literatura francesa contemporánea, Sorbona, París. Premio Nacional de Literatura 2005.

La cultura es un término que va más allá de las artes y las letras y que encarna una herencia espiritual y también material. Desde que Diego Velásquez llegó a estas tierras, se fue forjando una cultura de resistencia, cultura de resistencia engendra una memoria y una memoria que tiene, como todas, lo bueno y lo malo. Lo bueno es que nos ha ayudado a sostenernos en los momentos más difíciles, lo malo es que también, reivindica valores que implican, en muchos casos, el desconocimiento de la realidad, "la ley se acata pero no se cumple", se decía en la colonia, la exaltación de ese personaje del pícaro, el bicho, el vividor, el que sabe nadar en las circunstancias difíciles, el chicharito o lo que hoy llaman el luchador.

Y estos componentes de valores negativos, trasladados a través de una cultura de resistencia, volvieron a emerger entre nosotros en la década del 90, no solamente, fundamentalmente por ellas, por razones de orden económico, por lo mal que lo pasamos todos, en el momento más difícil del Período especial, pero también por una crisis de las certidumbres, una crisis de la posibilidad del pensar en el mañana, en el futuro, vivir en el presente, que es también lo que nos recomienda el proyecto de vida inscrito en la globalización. Hacer un país, que es lo que todos hemos querido, implica utilizar lentes bifocales, ver a lo lejos y ver de cerca, tener un proyecto y también conocer, diagnosticar y afrontar los problemas más concretos de la inmediatez. Así lo hizo Martí en las páginas estremecedoras de su Diario, en las cuales, reconociendo a los hombres y mujeres que lo rodeaban también estaba configurando, a través de la estrategia militar y del consenso de todas las fuerzas, la República futura.

Y lo que se debate en el término, en cuanto a los valores, tiene que ver con esto, tiene que ver con la conciliación entre el porvenir y el presente, y el estar construyendo el porvenir desde el presente con plena conciencia. Esto implica desde luego a todas las instancias de la sociedad, va desde la familia hasta la ciudad que nos rodea, que no nos es indiferente puesto que la ciudad, en el mundo contemporáneo, es la expresión de la cultura que está más presente para los hombres y las mujeres, porque es aquella que transita por nuestra cotidianidad, y por eso nosotros hemos priorizado ese tema, porque no solamente la ciudad implica la salvaguarda de un patrimonio sino que el deterioro de ella, contribuye también a desarrollar valores de la marginalidad y de la depredación.

Pero de lo que quería hablar fundamentalmente era de la escuela, de esa zona a la que me siento tan entrañablemente vinculada. En estos días, escuché por la televisión que se decía que ya en este momento el maestro no es el protagonista porque el protagonista va a ser el estudiante, y en esa expresión, si no hay un error de concepto hay, por lo menos, una confusión en el modo de decirlo. El maestro es el puntal de todo sistema de enseñanza, su autoridad es la que tiene que estar presente en el aula, autoridad inmanente, y es la que contribuye a preservar valores, conocimiento de la materia en sí y del modo de enseñarla y, si efectivamente, el proyecto educativo debe consistir en que el estudiante asuma cada vez más responsabilidades, como corresponde, no debemos olvidar que enseñar a pensar es lo más difícil y que la mayéutica socrática también es de una extraordinaria complejidad y no desnaturalizará de ningún modo el papel protagónico del maestro.

En los días que corren, efectivamente, tenemos dificultades con nuestros maestros, quizás uno de los componentes del problema sea el tema salarial, la realidad es, desde luego, algo a lo que no podemos escapar y el problema salarial es un problema a considerar, pero los seres humanos no nos movemos en una sola dirección ni con un solo estímulo, y creo que hay que reconsiderar el tratamiento al maestro, el reconocimiento social que merece y que tuvieron a nivel de comunidad en la República Neocolonial, aquellos maestros que siempre eran pobres, mal remunerados, aquella maestra que iba todos los días a clases con el mismo vestido pero que dejó marcas en la memoria de sus alumnos.

Nosotros tenemos, como decía la ponencia de "Cultura y sociedad", una tradición pedagógica que forma parte de nuestra cultura, y esa tradición pedagógica hay que rescatarla.

Yo me he preguntado muchas veces a dónde han ido los millares de graduados de nuestros Institutos Superiores Pedagógicos, de nuestras escuelas de maestros, no solo en el período especial, sino antes, qué ha sucedido con todos aquellos que se formaron para enseñar, dónde están, y el que está ahí, si tiene una experiencia válida, debe ser recuperado, pienso que con la colaboración de la Asociación de Pedagogos de Cuba. Reconstruir esa tradición es rescatar un patrimonio, un patrimonio decisivo en el día que corre.

La tecnología no es el enemigo

Alpidio Alonso. Poeta y editor, graduado de ingeniero eléctrico, nacido en 1962 en Sancti Spíritus).

Más allá de los aspectos que deben abordar la Comisión de relación con los jóvenes escritores y artistas y algunas otras comisiones que también lo harán, y motivado especialmente por el informe leído aquí por Helmo, quisiera expresar algunas ideas que quizás puedan ser útiles en una discusión como la que nos proponemos realizar durante estos días.

Comenzaría por una cuestión de orden conceptual que, tal como le he escuchado a varios compañeros, pienso que su reconocimiento no admite más dilación entre nosotros: tenemos que lograr que funcione una única política cultural a todos los niveles, la Política Cultural de la Revolución, establecida con claridad y apoyada por todos nosotros. Sin esa coherencia, sería imposible enfrentar los desafíos que tenemos en el orden cultural e ideológico.

De esa falta de coherencia se derivan muchísimos de los problemas que presenta hoy no solo el funcionamiento de parte de las instituciones del MINCULT, sino los medios de difusión, la prensa plana, nuestro sistema de educación, la Brigada de Instructores de Arte y las propias organizaciones de creadores en la construcción de una hegemonía socialista en el terreno cultural. A mi juicio, esa sería una primera prioridad que para implementarse no tendría que esperar por ninguna otra decisión. Hasta tanto no articulemos un mismo discurso en materia de política cultural, estaremos culpándonos unos a otros de nuestros desatinos, mientras la tontería y la banalidad continúan ganando terreno.

Sobre la manera de implementar esa política, me permito apuntar un elemento que acentúa algo planteado por Helmo en su informe: todo cuanto hagamos debe tomar en cuenta el momento de desarrollo tecnológico y el papel creciente que viene jugando el uso de las nuevas tecnologías en la sociedad contemporánea. Es decir, no podemos fajarnos con la tecnología. La tecnología no es el enemigo. Tenemos en ella un eficaz instrumento que nos permitiría, usando la inteligencia y el potencial cultural que hemos desarrollado, enfrentar la avalancha del discurso colonial que nos llega por todas las vías. Derrotar esos contenidos solo es posible hoy mediante una sistemática labor cultural que trasciende cualquier restricción; el éxito depende, sobre todo, de lo coherentes que seamos en la aplicación de esa política. Es en el interior de las personas donde hay que ganar la batalla. Si la cultura actúa (y sobre todo, los medios) para transformar y mejorar los gustos del público, la parte más compleja de la contienda estaría ganada.

Vinculado con lo anterior, quisiera, en segundo lugar, llamar la atención sobre un aspecto recogido en los informes de varias Comisiones, acerca del que le he escuchado opiniones a distintos compañeros durante todo este proceso y que me parece uno de los grandes temas a discutir en este Congreso; me refiero a lo relacionado con la presencia entre nosotros de las expresiones estandarizadas de la cultura y, en particular, a la reproducción acrítica en nuestros medios del modelo de vida yanqui.

Tomando en cuenta la cantidad de vectores ideológicos que por distintas vías inciden hoy sobre un joven en nuestro país, no albergo dudas de que está ahí el mayor desafío de nuestra cultura para los próximos años.

No es difícil advertir nuestra falta de intencionalidad en la construcción de una alternativa mediática a la propuesta cultural y con ella, al modelo de felicidad establecido como patrón en el mundo. Si hay un frente en el que estamos a la defensiva es en este. Muy poco hacemos por evitar que se siga banalizando nuestro modo de vida. Persiguiendo lo coyuntural, perdemos de vista lo estratégico. Preocupados únicamente porque no se nos filtre un mensaje político explícitamente negativo, descuidamos la sutileza a través de la cual se expresa lo banal, a la larga más eficaz en su labor desmovilizadora. ¿Qué expectativas estamos creando? ¿Qué referentes ofrecemos todos los días a nuestros niños y jóvenes para formar en ellos las mejores virtudes? ¿Cuál modelo de éxito estamos proponiendo?

Cierto que no son los medios los únicos responsables de construir un imaginario colectivo en el que se corporicen los valores socialistas que nos interesa cultivar, pero seríamos muy ingenuos si no consideramos el peso decisivo que tienen (sobre todo la televisión) en el diseño y fijación de ese imaginario. Nada que hagamos en el terreno cultural puede ignorar su papel en estos tiempos. Tal es su presencia en la vida de la sociedad contemporánea.

En el Informe de la Comisión de Cultura y Sociedad se reconoce que los modelos reduccionistas y banalizadores, lamentablemente ya han configurado las aspiraciones y proyectos de vida de amplios sectores de la población cubana en contradicción flagrante con los principios de nuestra política educacional y cultural. Busquemos las causas. Tratemos de encontrar en qué hemos estado distraídos para que los ídolos de nuestros niños y jóvenes hayan pasado a ser las deidades impuestas por la llamada industria del ocio sin que logremos allegarles ninguna alternativa propia, y para que se generalice cada vez más la frivolidad y la cultura de las marcas, exhibidas como credenciales de modernidad y distinción social.

Tenemos que desterrar los caminos trillados, el paternalismo, la mojigatería y el exceso de ceremonia y solemnidad de nuestras formas de relacionarnos con los jóvenes. Si una lección nos deja una telenovela como "Doble Juego", amén de su valentía y rigor para abordar artísticamente nuestro contexto, es que están precisamente ahí, en ese fermento complejo, contradictorio y diverso de nuestra realidad y nuestra cultura, las reservas para movilizar sus expectativas, y que no es necesario hacer concesiones para convocarlos. ¿O es que vamos a seguir con la visión paternalista de que debemos ofrecer aquello que supuestamente prefiere y solicita el público cuyo gusto ya ha sido previamente modelado por nuestros propios errores? En ese sentido, las encuestas y estudios que hagamos, tienen que servirnos no solo para conocer, sino para ayudarnos a modular y transformas esos gustos.

Por otra parte, ganados por esa estética de lo banal y reproduciendo lo que ya han consagrado previamente los circuitos de legitimación comercial europeos y norteamericanos, salvo contadísimas excepciones que no hacen sino confirmar la regla, es muy difícil encontrar un artista latinoamericano, africano, árabe, o de otras regiones del llamado Tercer Mundo, en toda nuestra programación; haciendo la salvedad de aquellos que ya han sido domesticados por las transnacionales. De esta manera (a lo que se suma el retroceso experimentado en el funcionamiento de espacios que fomenten la apreciación y el análisis), se hace muy difícil lograr el espectador crítico, en posesión de una visión cultural descolonizada como el que queremos. Hemos sido especialmente eficaces reproduciendo materiales audiovisuales de los llamados enlatados (seriales sobre todo), que resultan exquisitos cursos de capitalismo idílico para adolescentes.

No menos importante para la formación del público y de ese espectador al que aspiramos, sería aplicarnos con más rigor en tratar de lograr una mayor eficacia comunicativa en el lenguaje audiovisual, gráfico y de otro carácter que utilizamos para expresar las ideas que defendemos.

El teque y el almidonamiento que padecen algunas de nuestras acciones de divulgación y diseño, espacios informativos, y de otra índole, (incluso algunas galas y espectáculos), provocan muchas veces un rechazo en bloque y contribuyen a crear una sensación de sobresaturación política que termina por empujar al público hacia el otro extremo en sus preferencias. Aprovechando la gran tradición de nuestro diseño, y atendiendo a códigos mediáticos más eficaces y atractivos, si en algo debemos esmerarnos es en tratar de mejorar esas imágenes. Sin renunciar a los contenidos, estamos obligados a curarnos en salud, pues tratándose, como es el caso, de una batalla de símbolos, nada resultaría más dañino a que llegara a identificarse nuestra propuesta con lo aburrido y monótono, mientras lo divertido y cautivante se viera como algo que solo puede venirnos de otra parte.

Sobre esto, tampoco creo que nos aporte mucho la comparación ingenua que solemos hacer con la programación de los medios, la publicidad y los espectáculos que se producen en otras partes del mundo para inmediatamente concluir que lo hecho aquí logra, como promedio, un nivel superior. Por esencia manejan objetivos distintos. De lo que se trata entonces es no solo de que sean mejores, sino de que sean otros.

Por último, quisiera referirme a la necesidad de asumir la recreación con un criterio diferente. Tanto en un sentido más abierto y abarcador, como en el de otorgarle una mayor prioridad.

En la clausura del octavo Congreso de la UJC, Fidel se refirió a ello. Desde entonces acá, es indudable que se ha avanzado mediante un grupo de respuestas que han contribuido a operar cierto cambio. Hay provincias donde ese cambio es muy visible y la población ha sentido el impacto de las opciones que se han ido creando. No obstante, persisten insatisfacciones, sobre todo entre la juventud, respecto a las posibilidades de acceso a espacios recreativos cuyo servicio se cobre en pesos cubanos. Específicamente en los pequeños pueblos y los bateyes (grupos aparentemente menores, pero que sumados superan los núcleos de la ciudad y que padecen un mayor olvido), las opciones se reducen todavía, por lo general, al consabido audio que amplifica música los sábados por la noche. Llamarle recreación a la bulla y el molote, es una de nuestras chapucerías habituales que habla de la falta de rigor con que asumimos una de las principales demandas de nuestra juventud y, al propio tiempo, la demostración del modo en que desconocemos los resortes profundos de la cultura para, indirectamente, mediante acciones que pueden asumir los más diversos matices, sembrar hábitos, formas de conducta y valores entre quienes participan de ellas.

Por sobre todo, debemos procurar que sea la diversidad el rasgo que caracterice lo que hagamos en este campo. La variedad que puede lograrse aplicando soluciones locales apropiadas, particularmente las que se consiguen en los que llamamos pequeños espacios, pueden ayudarnos a evitar la pobreza de lo repetitivo. Sería la riqueza de lo diverso, de lo auténtico, frente a la homogeneidad y el mal gusto estandarizado que proliferó y se impuso en los 90 con la llegada del turismo y el dólar, y que todavía hoy no hemos logrado modificar.

Se precisa de un cambio de perspectiva que acabe por otorgarle a la recreación la prioridad superior que merece, donde se sume a todo el que pueda aportar sobre la base de una misma política. En esa línea, la dimensión cultural no puede seguir viéndose como un requisito incómodo o, en el mejor de los casos, como una exigencia menor a la hora de poner en práctica una iniciativa en el campo del llamado entretenimiento. En esto la UNEAC puede ayudar mucho. Mientras la recreación sea una tarea de segundo orden para organismos que por su perfil debieran tenerla como una prioridad, y sobre todo, mientras sigamos viéndola como parte de una labor contingente, coyuntural, y no como algo más complejo y sistemático, integrado orgánicamente a la cotidianeidad de las personas, estaremos dando solo respuestas muy parciales, frente a las que continuarán proliferando iniciativas de todo signo donde la estridencia kistch y la banalidad quedan libres para continuar haciendo lo suyo.

Muy relacionado con lo anterior, subrayaría, para finalizar, que no podemos subestimar el valor de los símbolos, cundo justamente son el centro de la confrontación cultural e ideológica a la que asistimos. "Plan contra plan", según la lógica de Martí.

Necesitamos pasar a la ofensiva en la construcción de portadores del imaginario nacional y latinoamericano atractivos para las jóvenes generaciones. Por insignificante que parezca, tenemos que terminar de aprender a trabajar con las grandes ideas mediante las pequeñas cosas, esas que tienen una dimensión humana y que pueden participar con más facilidad de la intimidad de los individuos. Hay en ello, un campo inmenso por explorar para nuestra Industria Cultural y para el Diseño, llamados a familiarizar a los grandes sectores de nuestra población con los códigos estéticos de vanguardia y, junto a los medios, las instituciones culturales y la escuela, sin retórica ni afectación, contribuir a sembrar el amor por lo nuestro entre los más jóvenes. No hay que olvidar que ya otros lo subestimaron y no sobrevivieron al error. De manera sutil, sin que apenas nos demos cuenta, a veces suele ser por esas pequeñas cosas queridas por donde más entrañablemente nos llega la Patria.

Tocamos fondo, hemos llegado a un momento en el que ya no se respeta nada

Reynaldo González. Nació en Ciego de Ávila, en 1940. Periodista y narrador, es uno de los más prestigiosos ensayistas cubanos. A su pluma se deben textos medulares para el conocimiento de la identidad nacional y de la cultura cubanas).

Yo tengo un poco de preocupación de que algo de lo que quiero decir resulte reiterativo por lo mucho que se ha dicho, pero también pienso que hay matices que se deben atender.

Casi todas las intervenciones han estado rondando los asuntos de la comunicación social, de los medios masivos y de cómo esos medios acuñan algunas actuaciones o las comparten, aunque no se haya dicho de esa manera. A mí me ha preocupado mucho y me sigue preocupando y me va a preocupar más, seguramente, la educación formal.

Aquí se ha hecho y hemos todos aplaudido un elogio de nuestra vieja pedagogía, nuestra pedagogía que conocimos varias generaciones y que nos dieron una forma de ser, porque allí es donde la obtuvimos; pero hay algunos problemas que también inciden en esa pedagogía un poco deteriorada que tenemos en la actualidad y es la falta de formación de esos propios maestros o la precipitada formación de esos maestros; y todo esto tiene que ver con la educación formal, con la conducción social.

Muchas veces los que ya tenemos si no hijos sobrinos, que es lo que me ocurre a mí, vemos como el sobrino viene enfermo de mala conducta desde el aula y hay que estar enmendándole la actuación, la vida en la casa y nosotros asumir el trabajo que malbarata el periodo en la escuela. A mí me preocupa muchísimo la violencia verbal, la violencia verbal que va desde lo procaz de lo que se dice a la forma en que se dice, la imposición del grito, que es una forma de violencia que genera otra violencia.

Tuve la suerte de trabajar con dos personas que me enseñaron mucho editando sus obras, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez, ambos tenían una misma preocupación, la pérdida acelerada de la educación formal, la pérdida acelerada del léxico y la pérdida acelerada del respeto, del respeto a los valores, a las categorías, a las edades, de esa tabla rasa que estaba ya imponiéndose desde el principio como la única tabla rasa por el renglón más bajo, por el más bajo nivel de actuación.

Creo, sin dramatizar mucho, que ya tocamos fondo, hemos llegado a un momento en el que ya no se respeta nada.

Valera nos hablaba de la conducta en la guagua, que tuvo en mucha forma un cierto gracejo criollo que agradecí, porque entre las cosas que se han perdido está el humor criollo que nos hizo, que nos conformó y lo hemos trocado por un humor grosero, chabacano, caricaturesco, burlón, agresivo. Creo que ahí también hay violencia, hay violencia de conducta.

En estos días últimos en que hemos estado en estas expediciones a las cárceles, al entrevistarme como correspondía ―entre las cosas que hago en estos viajes, una es entrevistar directamente a los reclusos en su lugar con un excelente director de cine Léster Hamlet, con quien estamos preparando un documental― pues veía en estos jóvenes, además, gente muy joven con sus vidas ya si no destruidas muy accidentadas para la recuperación posible, de ella asciende ese trasfondo de agresividad, ese trasfondo que es el entorno en que se mueven.

La agresividad solamente engendra agresividad, violencia, y esto tiene como corolario exactamente esas estadías en la cárcel, esta gente joven, muy joven ya muy dañada. Es de preocuparse porque no se puede aspirar a que tengan un comportamiento difícil, si algunos espacios de los medios masivos, pero también de las salas de recreación, del cabaret donde hay un cómico que aparentemente nos va a hacer sonreír y nos reduce todo a una cosa completamente instintiva, caricaturesca de algunas minorías, caricaturesca de algunas opciones sexuales, caricaturesca de todo el entorno. Esta agresividad que se respira explota, es una agresividad que se siembra en la psiquis individual y también colectiva.

Es preocupante y no sé cómo podemos nosotros ayudar a que esto comience a limarse. Sé que se depende de la escuela, se depende de los medios masivos, se depende del espacio donde está la recreación, pero eso llega después al ruido en lugar de música, eso llega al grito en lugar de conversación.

Si alguien pretende hablar sobre algo seriamente y aquella persona con la que haga falta intercambiar grita para imponer su criterio, debe gritar más y a gritos no se argumenta, a gritos nadie entiende nada.

El origen de la guerra es la intolerancia, y la intolerancia también es la conversación, esta forma, esta necesidad urgente de recuperar algunos niveles de comportamiento más o menos normales, está acosando a nuestra sociedad, está acosando a la sociedad, a nuestra individualidad, a nuestros sobrinos e hijos y esto recaba en la casa, y la casa también se vuelve infierno.

Hay gente que no viven unos con otros, sino unos contra otros, y esto lo he visto, lo he palpado y ahora, al ver gente muy joven, cuya formación no se debe al pasado si no a la Revolución, que nacieron incluso mucho después de iniciada la Revolución. ¿En qué caldo de cultivo han bebido estos? Los instintos se cultivan también, los instintos se engendran también. Pienso que habría que buscar una forma de convencer tanto a unos como a otros de que incluso la publicidad, incluso la persuasión sobre cosas de gran valor humano y moral, si se hace de cierta manera equívoca su propósito puede trocarse en lo contrario.

Desde la década del cuarenta y cincuenta se habían estudiado muy bien las formas de la propaganda. Había dos formas acuñadas, una era por choque, por imposición, que fue la que adoptó nuestra radio y nuestra televisión después, a partir del cincuenta. La política cubana se hacía por imposición, desde las congas arrabaleras hasta el grito, el grito en aquellos espacios noticiosos, que pretendían ser de persuasión política y eran de imposición a gritos.

Había otra forma que era la persuasión. Nuestra propaganda jabonera, que también era, lamentablemente, la propaganda política, engendró una forma de comprender la vida política, que era una forma gangsteril, de bronca, de puch, aquella forma que solamente podía engendrar gángsteres políticos. Esto mi generación todavía tuvo tiempo de verlo, pero yo digo que eso sentó unos precedentes que se han extendido de manera menos violenta a veces, de maneras más obvia otras, a estas cosas apelo y sé que ya al decir esto he tocado las teclas, el aula, la radio, la televisión, incluso el cabaret, la calle, esto no sé si nos corresponde, pienso que sí, preocuparnos y buscar formas de influir en esto.

Muchas gracias.