El Mundial de Zidane

Eduardo Galeano | Diario Página/12, Buenos Aires. | 20 julio del 2006

La globalización, enemiga de la diversidad, nos impone un futbol feo, mezquino y cobarde

Djamel Zidane, hermano del astro francés Zizou ­quien fue nombrado el mejor jugador del pasado Mundial­, enseña a dominar el balón a sus sobrinos en el pueblo de Agamoun, 350 kilómetros al este de Argel. Zinedine Zidane comenzó su brillante carrera futbolística hace 20 años, en un campo como el que aparece en la fotografía Foto Reuters

En el escenario de la cordura, un ataque de locura. En un templo consagrado a la adoración del futbol y al respeto de sus reglas, donde la Coca-Cola regala felicidad, Master Card otorga prosperidad y Hyundai brinda velocidad, se disputan los últimos minutos del último partido del campeonato mundial.

Este es, también, el último partido del mejor jugador, el más admirado, el más querido, que está diciendo adiós al futbol. Los ojos del mundo están puestos en él. Y súbitamente este rey de la fiesta se convierte en un toro furioso y embiste a un rival y lo voltea, de un cabezazo al pecho, y se va.

Se va echado por el árbitro y despedido por la rechifla del público, que iba a ser una ovación. Y no sale por la puerta grande, sino por el triste túnel que conduce a los vestuarios.

En el camino, pasa junto a la copa de oro reservada al equipo campeón. El ni la mira.

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Cuando este Mundial empezó, los expertos dijeron que Zinedine Zidane estaba viejo.

Mariano Pernía, el argentino que juega en la selección española, comentó:

-Viejo es el viento, y sigue soplando.

Y Francia derrotó a España y Zidane fue, en ese partido y en los partidos siguientes, el más joven de todos.

Después, al fin del campeonato, cuando ocurrió lo que ocurrió, fue fácil atacar al malo de la película. Pero era, y sigue siendo, difícil comprenderlo. ¿Será verdad? ¿No será una pesadilla, un sueño equivocado? ¿Cómo pudo abandonar a los suyos cuando más lo necesitaban? Horacio Elizondo, el árbitro, le sacó la roja con toda razón, pero ¿por qué Zidane hizo lo que hizo?

Según parece, el zaguero italiano Marco Materazzi le ofreció algunos de esos insultos que los energúmenos suelen chillar desde las tribunas de los estadios. Zidane, musulmán, hijo de argelinos, había aprendido a defenderse, allá en la infancia, cuando recibía ataques así en los suburbios pobres de Marsella. Conoce bien esos insultos, pero le duelen como la primera vez; y sus enemigos saben que la provocación funciona. Más de una vez le han hecho perder los estribos de esta sucia manera, y Materazzi no es, que digamos, famoso por su limpieza.

Este Mundial estuvo signado por las consignas que las selecciones enarbolaron, al comienzo de los partidos, contra la peste universal del racismo, y Zidane, militante de esa causa, fue uno de los jugadores que lo hizo posible.

El tema arde. En vísperas del torneo, el dirigente político francés Jean-Marie Le Pen proclamó que Francia no se reconocía en sus jugadores, porque eran casi todos negros, y porque su capitán, el árabe éste, no cantaba el himno. El vicepresidente del Senado italiano, Roberto Calderoli, le hizo eco opinando que la selección francesa estaba compuesta por negros, islamistas y comunistas, que preferían la Internacional a la Marsellesa y la Meca a Belén. Algún tiempo antes, el entrenador de la selección española, Luis Aragonés, había llamado "negro de mierda" al jugador francés Thierry Henry, y el presidente perpetuo del futbol sudamericano, Nicolás Leoz, presentó su autobiografía diciendo que él había nacido en un pueblo donde vivían 500 personas y 3 mil indios.

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Pero, ¿se puede reducir a un insulto, o a varios insultos, esta tragedia del ganador que elige ser perdedor, el astro que renuncia a la gloria cuando la está rozando con la mano?

Quizás, quién sabe, esa loca embestida fue, aunque Zidane no lo quisiera ni lo supiera, un rugido de impotencia.

Quizás fue un rugido de impotencia contra los insultos, los codazos, las escupidas, las pataditas arteras, las simulaciones de los expertos en revolcones, maestros del ay de mí, y contra las artes de teatro de los farsantes que te matan y ponen cara de yo no fui.

O quizás fue un rugido de impotencia contra el éxito arrollador del futbol feo, contra la mezquindad, la cobardía y la avaricia del futbol que la globalización, enemiga de la diversidad, nos está imponiendo. Al fin y al cabo, a medida que el campeonato avanzaba, se iba haciendo cada vez más claro que Zidane no era de este circo. Y sus artes de magia, su señorío, su melancólica elegancia, merecían el fracaso, así como el mundo de nuestro tiempo, que fabrica en serie los modelos del éxito, merecía este mediocre campeonato mundial.

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Y de alguna manera también se puede decir que Italia merecía la Copa, porque todas las selecciones, quien más, quien menos, jugaron a la italiana y con el mismo esquema de juego, línea de cuatro atrás, defensa cerrada y goles robados por contrataque.

Se impuso Italia, como tenía que ser. Al fin y al cabo, el cerrojo, el catenaccio, le ha dado muchos bostezos, pero también le ha dado cuatro trofeos mundiales. Y a lo largo de esta cuarta victoria sólo recibió dos goles, uno en contra y otro de penal, y en la retaguardia, no en la vanguardia, tuvo sus mejores jugadores: Buffon, arquero, y Cannavaro, zaguero.

Ocho jugadores de la Juventus llegaron a la final en Berlín: cinco jugando por Italia y tres por Francia. Y se dio la casualidad de que la Juventus era la escuadra más comprometida en los chanchullos que se destaparon poco antes del Mundial. De las manos limpias a los pies limpios: la justicia italiana parecía decidida a mandar al exilio, a la serie B y a la serie C, a los clubes más poderosos, incluyendo a la Lazio, a la Florentina y al Milán del virtuoso Silvio Berlusconi, que practicó el fraude y la impunidad en el futbol, en los negocios y en el gobierno. Los jueces comprobaron toda una colección de trapisondas, compra de árbitros, compra de periodistas, falsificación de contratos, adulteración de balances, reparto de posiciones en la liga italiana, manipulación de los programas de la tele...

Un ministro del gobierno anunció la amnistía si Italia ganaba el Mundial. Italia ganó. ¿Quedará todo en la nada, una vez más y como siempre? A Zidane el juez lo echó por mucho menos.

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Alguien, no sé quién, supo resumir así esta Copa 2006:

-Los jugadores tienen una conducta ejemplar. No beben, no fuman, no juegan.

Los que de vez en cuando embocaban al arco, no jugaban lindo, y los que jugaban lindo nunca embocaban al arco. Toda el Africa quedó afuera, desde temprano, y al rato nomás también marchó al exilio toda América Latina.

El campeonato mundial se convirtió en una Eurocopa.

Los resultados recompensaban esto que ahora llaman sentido práctico: altos muros defensivos y adelante algún goleador, un Llanero Solitario implorando un favorcito de Dios. Como suele ocurrir en el futbol y en la vida, pierde el que mejor juega y gana el que juega a no perder.

Los penales ayudaron a la injusticia. Hasta 1968, los partidos difíciles se definían al vuelo de una moneda. De alguna manera, así sigue siendo. Concluido el alargue, los penales se parecen demasiado al capricho del azar. Argentina fue más que Alemania y Francia más que Italia, pero unos pocos segundos pudieron más que dos horas de juego y Argentina tuvo que volverse a casa y Francia perdió la Copa.

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Poca fantasía se vio. Los artistas dejaron lugar a los levantadores de pesas y a los corredores olímpicos, que al pasar pateaban una pelota o un rival.

Tan aburrido resultó el Mundial que los dueños del negocio no han tenido más remedio que ponerse a imaginar proyectos para inyectar entusiasmo al decaído espectáculo. Una de las ideas nacidas en el seno de la FIFA propone castigar el empate con cero puntos. Otra sugiere agrandar los arcos para aumentar los goles. Y otra, si no te gusta la sopa dos platos, proyectan una Copa cada dos años.

Pero el futbol profesional, espejo del mundo, juega por ganar, no por disfrutar, y el cálculo de costos se burla de estas inútiles piruetas imaginarias de los burócratas que comandan el futbol mundial.

Menos mal que el futbol profesional no es todo el futbol. Basta con asomarse a las calles, a las playas, a los campitos, para comprobar que todavía la pelota puede rodar con alegría.

En el futbol profesional, el que sale en la tele, poca alegría se ve. Parecemos condenados a la nostalgia del viejo tiempo de los cinco forwards, y a la triste comprobación de que ahora nos queda uno solo, y al paso que vamos ni uno quedará: todos atrás, nadie adelante.

Como ha comprobado el zoólogo Roberto Fontanarrosa, el delantero y el oso panda son especies en extinción.

Los cabezazos de Zidane

Por Rodrigo Uprimny, Revista Semana, Colombia. Director de DeJuSticia y profesor de la Universidad Nacional de Colombia. "DeJuSticia" –antes DJS- es el centro de estudios de Derecho, Justicia y Sociedad, que fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos. Mayor información en www.dejusticia.org

El otorgamiento del Balón de Oro por la FIFA a Zidane como mejor jugador del mundial ha generado una fuerte polémica. Y el debate parece justificado, pues si por alguno de sus "cabezazos", Zidane merecía claramente el premio, su último y desafortunado cabezazo contra el defensa italiano Materazzi parece descalificarlo.

El primer cabezazo de Zidane fue su genialidad durante todo el torneo, y en especial desde el partido contra España, en donde, como dicen los comentaristas, se echó al equipo francés al hombro y lo hizo avanzar decisivamente, con jugadas maravillosas, hasta la final. Fue entonces el jugador integral, que combinó magistralmente la habilidad de sus fintas, la precisión e inteligencia de sus pases, con una elegancia sin par.

Su segundo cabezazo, ya en el tiempo suplementario de la final, lo puso al borde de la gloria total, cuando casi marca, con un espectacular frentazo, el gol decisivo a favor de Francia. Pero Buffón, el arquero italiano, y tal vez el mejor portero del mundial, evitó impecablemente el tanto. ¿Una pequeña burla del Bufón frente al Rey?

Para quienes tenemos nostalgias del Mundial del 70, esa atajada de Buffón no puede dejar de evocar la forma espectacular como el arquero inglés Gordon Banks evitó también un gol de cabeza de Pelé, que ya todo el estadio cantaba. En ambos casos, el mejor portero del mundo evitaba un decisivo gol de cabeza del mejor jugador del mundo.

En ese momento, era evidente que Zidane era el mejor futbolista del mundial. Y para muchos de nosotros, que lo admiramos no sólo como futbolista sino como personaje público, era además una consagración merecida y grata. Pues Zidane no sólo ha sido un gran futbolista sino que, además, ha asumido importantes posiciones públicas en contra del racismo.

Hace algunos años, Jean Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha en Francia, y quien defiende posiciones xenófobas, criticó la integración de la selección francesa, por ser muy oscura de piel y llena de inmigrantes. Zidane, quien es de origen argelino, no sólo defendió el carácter multicultural de la selección francesa sino que llamó públicamente a votar contra Le Pen en las elecciones presidenciales de 2002.

Estos goles espectaculares contra la intolerancia y a favor de una sociedad que respete las diferencias representan el tercer "cabezazo" de Zidane. Y es un rasgo que lo hace más grande que otros como Pelé, quien a pesar de ser negro y de orígenes humildes, no parece haberse pronunciado mucho contra el racismo ni contra las injusticias de este mundo. En cambio, Zidane y otros miembros del seleccionado francés, como Henry o Desailly, se han expresado abiertamente en contra la discriminación y a favor de una Francia multiétnica y multicultural.

Puede ser entonces que Pelé jugara mejor que Zidane; pero vistas las cosas integralmente – tomando en cuenta al jugador, a la persona, y al ciudadano - tengo más admiración y simpatía por Zidane.

En desarrollo de esa actitud, después de la victoria de Francia ante Portugal, el 7 de julio, Zidane leyó un hermoso mensaje en donde oponía el fútbol al racismo. Es imposible, decía Zidane, amar el fútbol y ser racista o xenófobo, pues los "los valores del fútbol son exactamente opuestos al racismo. Porque el racismo promueve la exclusión y el odio, El fútbol, por el contrario, reúne a la personas a compartir un goce común". Y hablando del Mundial, concluía: "Cada cuatro años, experimentamos un tiempo único en donde las personas nos congregamos a compartir y celebrar. Los racistas no están invitados".

Es obvio que hay algo de ingenuidad en esta exaltación del fútbol, cuando uno conoce los desbordes de los hooligans y de otras barras bravas. Pero no deja de ser un llamado hermoso a poner el deporte a favor de una ciudadanía incluyente.

Por todo lo anterior duele tanto el último e inaceptable cabezazo de Zidane contra Materazzi. Es claro que el defensa italiano, quien nunca se ha caracterizado por ser exactamente un caballero en la cancha ni un amante del juego limpio, debió haber agredido verbalmente a Zidane. Es probable que incluso hubiera recurrido a insultos racistas, como lo han afirmado los expertos en leer labios, lo cual debió enfurecer aún más a Zidane. Pero nada de eso justifica la reacción de Zidane, quien en ese momento, como dicen algunos, borró con la cabeza lo que había hecho con los pies durante todo el torneo.

¿Debió entonces la FIFA darle el balón de oro a Zidane? Es posible que la pregunta sea irrelevante y que en el otorgamiento del premio no se haya tenido en cuenta el cabezazo contra Materazzi por simple mecánica operativa; la votación la hicieron 700 periodistas durante todo el día de la Final, por lo que muchos pudieron haber depositado su voto antes del incidente.

Pero de todos modos el mensaje del premio es equívoco, ya que parece decir que a las superestrellas se les disculpan comportamientos antideportivos, lo cual va incluso contra las propias palabras de Zidane en defensa de la fiesta del fútbol y de su función civilizadora.

Con eso no niego que gran parte de la culpa recae en Materazzi. Por eso, en beneficio del fútbol limpio, la FIFA nos debe una investigación de lo que ocurrió y del alcance de la agresión de Materazzi, quien debería ser sancionado, en caso de ser encontrado responsable, pues no es posible que los grandes genios, como Zidane, queden a merced de las agresiones de otros menos talentosos.

Tampoco niego que en ese contexto, la reacción de Zidane puede ser humanamente comprensible. Esa explosión de cólera puede incluso despertar simpatías, pues muestra que Zidane es un hombre y no un dios. La rabia y la indignación tienen además cierta nobleza cuando están justificadas. Pero las estrellas del deporte ejercen liderazgos indudables y por eso tienen responsabilidades especiales; deben entonces controlar sus cóleras. Y en todo caso, la violencia física no parece ser la respuesta apropiada a la agresión verbal.

Por todo ello, aunque creo que el cabezazo contra Materazzi descalificaba a Zidane para recibir el balón de oro, muchos de nosotros lo recordaremos como uno de los mejores y más completos jugadores de estos últimos años. Y como un ciudadano del mundo a favor de la democracia.