Óscar Arias recuerda los acuerdos de Esquipulas

San José. Agencias | 7 agosto de 2017


El 7 de agosto de 1987, hace hoy 30 años, los presidentes de Centroamérica firmaron los acuerdos de paz para ponerle fin a una guerra que azotaba esta parte del mundo y que dejó centenares de miles de muertos.

Centroamérica era entonces el infierno. Los noticiarios estaban llenos de imágenes de combates en El Salvador, en Guatemala, en Nicaragua.

Estos conflictos eran parte de la Guerra Fría, el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ellos se enseñaban los dientes y los centroamericanos poníamos los muertos.

Los acuerdos de paz se firmaron en la ciudad de Esquipulas, Guatemala, y fueron impulsados por Óscar Arias, entonces presidente de Costa Rica y quien obtendría el Premio Nobel de la Paz de aquel año.

Los presidentes Vinicio Cerezo, de Guatemala; José Azcona, de Honduras; Napoleón Duarte, de El Salvador; Daniel Ortega, de Nicaragua y Óscar Arias, de Costa Rica reunidos negociando el acuerdo de paz. Foto: Cortesía

Los presidentes Vinicio Cerezo, de Guatemala; José Azcona, de Honduras; Napoleón Duarte, de El Salvador; Daniel Ortega, de Nicaragua y Óscar Arias, de Costa Rica reunidos negociando el acuerdo de paz. Foto: Cortesía

Los cinco presidentes (Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala) se comprometieron, entre otras cosas, “a asumir plenamente el reto histórico de forjar un destino de paz para Centroamérica; a luchar por la paz y erradicar la guerra; hacer prevalecer el diálogo sobre la violencia y la razón sobre los rencores; dedicar a las juventudes de América Central, cuyas legítimas aspiraciones de paz y justicia social, de libertad y reconciliación, han sido frustradas durante muchas generaciones, estos esfuerzos de paz”.

Óscar Arias es uno de los grandes protagonistas del logro que significó sentar en la misma mesa a mandatarios con puntos de vista muy distintos y conseguir que firmaran la paz.

Por eso lo buscamos para hablar de aquel infierno al cual él ayudó a vencer.

– ¿Cómo analiza ahora lo que se logró aquel 7 de agosto en Esquipulas?

Es uno de los acontecimientos más importantes de los últimos cien años en Centroamérica. Cinco presidentes fuimos capaces de decirle no a la guerra. Si no hubiéramos tenido el valor de llegar a un acuerdo sobre el plan de paz que mi gobierno propuso, la guerra que auspiciaban las dos superpotencias del mundo, el presidente Ronald Reagan (Estados Unidos) y Mijaíl Gorbachov hubiera durado muchos años más.

“Cuando llegué a la presidencia (en 1986) habían muerto doscientos mil centroamericanos. Entonces, identificado con la tradición costarricense y los valores que pregonamos yo ofrecí desde la campaña una solución diplomática al conflicto que desangraba a Centroamérica.

Por eso fue que en enero de 1987 presenté mi plan de paz, después de haber visitado a Reagan en la Casa Blanca y haberme dado cuenta de su determinación de lograr victorias militares en Centroamérica y no soluciones diplomáticas. Treinta años después posiblemente esta no sea la Centroamérica de nuestros sueños, pero tampoco es la pesadilla de 1987 y eso me hace sentir muy orgulloso.

– ¿Cómo describiría la Centroamérica de esos años para quienes no la conocieron?

Qué dichosos que son (por no haber vivido eso). Los jóvenes de entonces estaban en las montañas peleando. Cuando llegaban a sus casas y abrían la ventana veían ataúdes que llevaban al cementerio a otros jóvenes que habían perdido sus vidas en batalla. En lugar de estudiar matemática, física o química en el colegio, aprendían cómo cargar una ametralladora. Para las nuevas generaciones, esa guerra es solo un recuerdo.

– ¿Qué lo movió a trabajar tanto por ese Plan de Paz?

En la campaña de 1985 presenté mi nombre a la consideración de los costarricenses y me honraron haciéndome presidente. Desde el inicio dije que no estaba de acuerdo con las dos superpotencias que buscaban una solución militar a los conflictos de la región. No traicioné la confianza que depositaron en mí para buscar una solución diplomática a ese conflicto y no involucrar al país.

No todo el mundo me apoyó porque, como dije entonces, hay muchos costarricenses que no gastan zapatos porque se acostumbraron a andar de rodillas y la verdad es que en mis 45 años de vida pública nunca he sido de esos. Yo peleo por lo que creo, por mis convicciones y principios, tratando de interpretar los valores del costarricense y siempre por lo que considero mejor para el pueblo.

– ¿Si pudiera volver en el tiempo haría algo diferente?, ¿se autodaría un consejo?

Todo igual. No me daría ningún consejo porque desde que ingresé a la vida política defiendo mis ideas y trato de educar y no complacer, aunque mis ideas no sean las más populares. Prefiero perder una elección que claudicar. No me arrepiento del enfrentamiento con Reagan y Gorbachov porque la firma del Plan de Paz y el Premio Nobel que se me concedió pusieron a Costa Rica en el mapa mundial.

–  ¿Se considera valiente por haberse opuesto a Reagan y a Gorbachov?

Era mi obligación y también era mi convicción. Visité la Casa Blanca cuatro veces y no era fácil llegar a decirle al inquilino que no estaba de acuerdo con él, pero lo hice por convicción y obligación.

– ¿En algún momento perdió la fe de lograr el acuerdo?

No, porque yo le puse mucha presión a mis colegas diciéndoles que si no llegamos a un acuerdo la guerra continuaba y sería responsabilidad nuestra que se siguieran matando hermanos. Era un mensaje fuerte que llegó al corazón de los presidentes.

– ¿Es (el Plan de Paz) el logro más importante de su vida?

No, es el segundo. El primero fue haber redactado el Tratado sobre el Comercio de Armas y lograr que las Naciones Unidas lo aprobara (entró en vigor el 24 de diciembre de 2014). Es la mayor contribución de Costa Rica a la humanidad. El Plan de Paz silenció las armas en esta cintura de América, el Tratado sobre el Comercio de Armas es un regalo para los 7.300 millones de seres humanos.

– ¿Cuáles son las guerras actuales en Centroamérica?

Contra el hambre, la pobreza, la desigualdad, la posibilidad de ofrecer un mejor nivel de vida a las poblaciones para que dejen de migrar. En algunos países del norte de Centroamérica, treinta años después vemos con dolor cómo los guerrilleros de los ochentas se convirtieron en pandilleros.

– ¿Existen hoy líderes capaces de hacer lo que ustedes hicieron en aquel tiempo?

No creo, no existe liderazgo en Centroamérica como el de hace treinta años, pero tampoco existe liderazgo en el mundo. La mejor prueba es Donald Trump, pero dejémoslo ahí…

– ¿Si Trumpo hubiera sido el presidente en 1987 habría sido diferente la historia?

Sí, pero dejémoslo donde yo lo dejé, ¿para qué quitarle la belleza a todo lo que hemos dicho?

– ¿Qué siente al ver su premio Nobel?

A mí no me envanecen los premios, los honores ni la gloria. Me siento orgulloso de haber servido al país en dos ocasiones, ese es mi mayor honor.

El premio Nobel es una decisión del Comité en Oslo, lo más lindo fue que quienes me nominaron fueron cuatro suecos que yo no conocía. Me nominaron en el 87 y ese mismo año se me otorgó el premio. Otros galardonados con el Nobel tuvieron que esperar años después de ser nominados para recibirlo finalmente.

– ¿Cuánto y en qué ha cambiado Óscar Arias en estos treinta años?

Treinta años más, más viejo y más arrugado, nada más. Como le decía antes, los honores no me envanecen solo los tontos lo hacen y yo no pertenezco a esa categoría.

– ¿Qué le diría usted al Óscar Arias de 1987?

Que me siento orgulloso de que no haya agachado la cabeza ante los dos imperios de la época, el soviético y el estadounidense.

– ¿Y al Óscar Arias de la actualidad?

Que tenga siempre el mismo valor que tuvo en los ochentas para defender sus ideas sin claudicaciones.